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viernes, 2 de marzo de 2012

Fracaso para todos

Podría decir que Juan Pablo Schiavi es un caradura, meter
dos chistes y seguir de largo. Pero no puedo.
Posiblemente, si hoy desde esta página supuestamente
humorística, hablo con dolor y bronca me voy de género. Pero si no lo
hago estaría traicionando lo que siempre hice: expresar en cada
momento lo que pienso, lo que me viene en gana y lo que siento , en el
más absoluto ejercicio de mi libertad.
Esta semana el horror me superó, como a todos los
argentinos. Indignación.
Pocos temas han sido tan repetidamente mencionados en esta
página como la catastrófica situación del transporte público (y
privado) de nuestro país.
Recorriendo las 167 notas que escribí verifico que los
trenes han sido uno de los blancos recurrentes, y posiblemente Ricardo
Jaime uno de los funcionarios que más veces he nombrado. Sin ir más
lejos, textual del domingo pasado: “Lo buena de la tarjeta SUBE es que
la compres o no la compres podés quedarte tranquilo en el sentido de
que los trenes, los subtes y los colectivos van a seguir siendo la
misma mierda de siempre, o sea que la continuidad del modelo está
absolutamente garantizada”.
Quizá, por eso sea el fastidio. La tragedia del miércoles
fue una tragedia que se veía venir. Que se alertó de mil maneras a
oídos que sólo quieren escuchar voces agradables, complacientes y
obsecuentes.
Toda otra opinión se considera contraria al sentir
nacional y popular , como si alguien tuviese la potestad de lo
nacional y lo popular.
Trenes, subtes, colectivos, rutas, han sido para mí una
permanente obsesión. Tal vez, aún más que otras cuestiones inherentes
al Estado como salud, educación, seguridad y justicia.
No sé exactamente por qué, pero así lo sentí siempre.
Es obvio que la falta de hospitales decentes o viviendas
dignas para millones de argentinos es un problema gravísimo.
Quizá porque siempre pensé que el transporte y las rutas
son las venas de un país . Es lo que el Estado pone a disposición de
los ciudadanos para que cotidianamente vayan a realizar su aporte de
sangre y sudor en pos de generar los 400.000 millones de dólares que
es el Producto Bruto Interno. La gente usa el transporte para laburar,
para ganarse el pan y al mismo tiempo generar la riqueza de una
Nación. Lo mínimo que se pide es que los lleven y los traigan
decentemente, sanos y salvos.
Pienso en un laburante que arranca su día con entusiasmo,
con ganas de ponerle toda la energía a su tarea dejando el calor de su
hogar y su familia para meterse en las venas que el sistema le ofrece
y formar parte del engranaje productivo. Y es ahí mismo, antes de
llegar al laburo, en los medios de transporte, donde día a día pierde
su dignidad, su condición, su libertad y sus derechos para ser vejado
con maltratos, robos, impericias, suciedad, hacinamiento y condiciones
humillantes para los standares de estos tiempos. Este es el paisaje
cotidiano de cada tren y de casi todas las líneas de colectivos del
país.
¿Es esto sólo fruto de las salvajes políticas de los 90?
Puede ser, pero ya han pasado muchos años y se acaban las excusas.
Poco y nada se hizo realmente sobre el tema en estos años
de increíble bonanza económica . La inmensa mayoría de las rutas de la
Argentina son una invitación a la muerte. Todos los días hay una
prueba de esto. Los micros de dos pisos siguen arriesgando vidas
cotidianamente, los colectivos de la Capital siguen circulando a toda
velocidad con sus patentes impunemente adulteradas para evitar multas,
y los trenes son la más evidente expresión del desprecio con que se
trata a nuestro pueblo, no sé si desde el Gobierno, el Estado o la
Nación toda. No me animo a definirlo. No son la misma cosa, aunque el
Gobierno suele confundirlas, fusionar las tres en una y apropiarse del
paquete.
Formo parte del pelotón de afortunados que tiene auto, y
reconozco que cada vez que paro en un semáforo junto a un colectivo y
veo a la gente colgada, apretada, muerta de calor en verano, siento
vergüenza, pudor, angustia, culpa. ¿Qué puedo hacer para modificar
esto? ¿Votar a los que se comprometan a cambiarlo? No alcanza.
¿Putear desde el espacio que tengo el privilegio de
ocupar? Evidentemente tampoco alcanza.
Creo que sería bueno que el Gobierno se avive que esta vez
pasó algo fuerte. Hasta ahora, siempre entendimos que la culpa de los
principales problemas del país la tienen Fontevecchia, el diario La
Nación y Telenoche.
Así vienen zafando de casi todo.
Pero tengo la sensación que esta vez la cosa no tiene
endoso. Esta no pasa.
No hay insultos suficientes para calificar a los
responsables privados y públicos de este desastre. No sólo en nombre
de quienes murieron en esta catástrofe, sino especialmente por los
millones que día a día son humillados, en silencio, y que pese a todo
siguen viajando a sus trabajos. Tal vez porque no les queda más
remedio.
Tal vez porque tienen una nobleza admirable . Tal vez por
ambas cosas.
Defiendo al Estado. Quiero que los trenes, los subtes, los
aviones y las autopistas estén en sus manos (no me gustan los
Cirigliano o los Marsans).
Sin embargo, no hay nada peor que un Gobierno que hace lo
que uno quiere, pero mal.
Para un progresista, lo peor no es un gobierno de derecha
sino un mal gobierno de izquierda.
Cuando un tipo hace las cosas mal hay que darle un shot en
el orto. Estamos todos esperando. Y cuando un tipo hace las cosas
bien, debe ser reconocido. Vaya esto último para el doctor Crescenti y
todo su extraordinario equipo del SAME.
Hoy no tengo ganas de hacer una página de humor . Quizá,
sólo pueda decir que esta ha sido una semana exitosa para el Club de
los Malos. De las mejores.

Por Alejandro Borensztein, arquitecto y productor de tv
Nota publicada en la edición impresa Diario Clarín, 26/02/12

Fotos:
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