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sábado, 19 de noviembre de 2011

Guiso con historias

TUCUMAN. El desierto de Tiu Punco

Un extenso territorio desértico es la puerta de entrada a médanos de barro endurecido, cerros arcillosos y valles sin vegetación, donde el sol raja la tierra y siembra anécdotas lugareñas. Algunos relatos sobre tesoros precolombinos y el encuentro con la mítica Salamanca, en la visita a una familia de la comunidad.

La hora del guiso, donde las anécdotas lugareñas se llevan toda la atención.
Por Pablo Donadio

Tucumán siempre sorprende, no importa que sea la quinta, sexta o décima visita. Algo bueno espera en ese puñadito de tierra que parece condensar lo que otras provincias tienen disperso o desconectado. Esta vez era una vieja deuda pendiente con amigos locales: “No puedes perderte Tiu Punco, chango”, repetían una y otra vez, intentando traducir en palabras sensaciones que pronto entenderíamos.
La visita a Amaicha, en virtud de otras actividades, fue entonces la oportunidad para cumplir con una travesía en 4x4 a un desierto aparentemente simple. Allí conocimos a Sebastián Pastrana, poblador de la comunidad local, que se dedica a mostrar su pago desde un profundo respeto y ligazón con la tierra, propia de la cosmovisión andina. Ya habíamos recorrido con él las salinas cercanas al pueblo, una experiencia por demás recomendable y hecha en moto, al resplandor de salitres plateados y con rezos ante la apacheta protectora del camino. Esta vez la idea era cumplir con la llegada a Tiu Punco. “No hay serrano sanguinario ni coya conversador”, asegura Atahualpa Yupanqui en “El payador perseguido”. Y así es. Sebastián es de poco decir, pero mucho expresar: “Vamos entonces”, animó. Subimos a su camioneta, ajada por los soles amaicheños como el rostro de los que andan por esos senderos de a pie, con la paz arraigada al cuero.
TIERRA QUE ESPERA El paso por El Ñato fue una parada técnica para recoger alimentos y bebidas, y un requisito indispensable para visitar la casa de la familia Aguilar. Aquí, como en el campo, se estila no caer jamás con las manos vacías si se espera compartir la noche. A partir de allí Sebastián nos contó algo más del programa por venir, especialmente el valor de un sector poco visitado y casi desconocido turísticamente: “Puerta del desierto” o Tiu Punco, como lo llaman aquí.
Siempre teniendo en claro que las excursiones procuran la preservación del patrimonio natural y cultural, dejamos la ruta y nos internamos algo más de una hora sobre arena y suelo barroso. Al rato era ya una auténtica travesía, que comenzaba a mostrar los primeros pliegues montañosos de ese lugar extraño, uniforme en sus tonalidades marrones y cortado apenas por la figura luminosa del atardecer.
Cuando se ausenta la luz, zorros, quirquinchos, perdices y otros animales corresponden con silencio al ciclo natural. Este evento deja aún más callada la estepa, recorrida también por el suri, un ave de la familia del ñandú representativa de los pueblos preexistentes de América. Así como para muchos pueblos de los Valles Calchaquíes el cóndor era un ave sagrada enviada por los dioses, el suri era considerado “el pájaro de la tormenta”, o la “nube que lleva el agua en su seno”, de importancia vital. Sin embargo, hoy se encuentra en peligro de extinción y es difícil verlo en la salida, aunque algunos tienen esa suerte digna de safari fotográfico.
Llegan luego las lomas y formaciones sedimentarias donde se practica sandboard, una actividad moderna y bastante gringa para la zona, pero muy divertida. Esta vez no hay tablas, pero prometemos volver específicamente para eso. Poco después llegamos a destino, donde las hileras más grandes de cerros parecen una maqueta marrón inmóvil de papel arrugado. La propuesta es sencilla: caminar hasta la cima, tomarse unos mates y disfrutar de esos miradores naturales en silencio. “Estas montañas fueron dormideros de pumas años atrás –rompe el silencio Sebastián, mientras prepara el mate–. Pero los lugareños los echaron a escopetazos porque les comían las ovejas. Más adelante están los restos del bosque petrificado, pero esa caminata sí que es larga.” Ese rato en la cima devuelve la calma al trajín con que llegamos, y permite observar la vastedad de un suelo extrañísimo. La vuelta trae premio, pero antes hay que llegar a la camioneta. El retorno puede realizarse por el sendero inicial, o intentar una alternativa poco recomendable, ladeando los picos por el sector oeste, enfrentando la oscuridad y algunas figuras de troncos secos hasta hallar la huella del camino.
A OSCURAS Para quien es peregrino en tierras ajenas, la vida en este ambiente se asocia al sacrificio de la gente, arraigada a un espacio rústico y sin mínimas comodidades. Pero la visión del otro suele reparar esas grietas en las que se hace foco y aportar visiones circulares, que entienden la existencia como un ciclo donde cada uno es parte de un todo mayor. Nadie se ve, pero cuentan que en las cercanías habitan personas muy mayores, visitadas cada tanto por hijos y nietos que viven en Amaicha. Doña Rosita, representante de la Fiesta de la Pachamama, es una de ellas.
Esta vez, sin embargo, no la visitamos a ella sino a Esteban y Eva Aguilar, a la pequeña Vanina y al tío coplero de la familia, Don Paco. El recibimiento es excepcional. Sebastián nos presenta, entrega pilas para las linternas hogareñas (única luz nocturna) y bajamos los alimentos. La casa es de adobe y pequeña, con algunas sillas y una pequeña galería. Pero el espacio se hace grande, como siempre ocurre cuando la amabilidad no es impostada. Nos acomodamos mientras los leños se encienden para cocer el arroz y guisar las verduras, a la vez que el vino desata los recuerdos encofrados de Don Paco. Por él la familia tiene un afecto especial, al ser el mayor de la casa y un hombre lleno de historias. Nada mejor para escucharlas que un anfitrión como éste, y una buena noche de luna.
“De chango sentí por primera vez lo que era la emoción. Cabalgaba cerro arriba buscando la sal que mi mama me había encargado. Mi tata era bueno, mi mama era mala”, frena y aclara. “Así que iba rapidito, pero vi algo raro y despegué del animal: era el filo de una vasija, que se asomaba entre el yuyal. Cavé largo rato hasta que la dejé descubierta. Cuando metí la mano... ¡ahh!, me asombré. Agarré el bulto y lo metí en la alforja, y salí con el zaino echando pique”, nos intriga.
Toma un trago y va mechando coplas como quien busca aliento para seguir la anécdota: “Los gallos cantan al alba. Yo canto al amanecer / Ellos cantan porque saben. Yo lo hago por aprender”, señala con la mano como conectando aquello con el relato, en la oscuridad de la casa. Continúa: “Llegué nervioso, y mi mama me retó fiero. A la noche salí despacito y lo saqué de la alforja. Me metí a la pieza y los nervios me comían: era un tesoro de los indios. Una chanchita de oro con siete chanchitos adentro, también de oro, más chiquitos. Me acuerdo de que lo conservé en secreto hasta que fui mayor”.
El guiso llega a la mesa y el pan se reparte de mano en mano, en silencio, esperando que Paco prosiga: “Ya de grande me encontré con la Salamanca”, tira así como si nada. “¿La Salamanca? ¿La casa del diablo donde uno entrega el alma a cambio de placeres?”, preguntamos. “Sí. Yo venía galopando y a lo lejos vi una luz. Cuando me acerqué... ¡uhh! Había gente bailando desnuda, fuego y una puerta. Pegué la vuelta y ni chisté. Tiempo después se me clavó el caballo. No quería avanzar. Bajé a ver qué pasaba, y nada. Al subir se cayó el maniador y el bozal, y el zaino se enloqueció. Yo venía cansado, pero para mí ése era el Mandinga. Saqué mi cuchillo y grité: ‘¡Conmigo no, Mandinga! ¡Vení, vení que acá te espero!’”, cuenta nervioso y gesticula como si la escena fuera ahora y aquí mismo. “Sopló un viento y el zaino se calmó. Me fui nomás, atento pero tranquilo. No hay que temer, hijo, porque, si no, el Mandinga se da cuenta.”
Comemos lo que queda del exquisito guiso y escuchamos algunas coplas más, aunque ya es tarde. Debemos partir, pero antes la concurrencia le insiste a Paco para que nos despida con su caja. El golpe nos traspasa como sus historias, y retumba a lo lejos, sobre los cerros barrosos: “Ya estooooy por irme / Ya estooooy por irme / Y tiempo me falta, para despediiiirme”. Sebastián nos lleva de regreso al pueblo y nos desea buen viaje: “Que la Pacha los acompañe”. Levanta su mano en saludo sincero, y nos vamos. En el camino identificamos decenas de lucecitas y brillos, y pensamos internamente qué habrá por allí, en esa inmensidad. Qué otras historias guardará Paco

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