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martes, 2 de noviembre de 2010

Si queremos más seguridad busquemos más familia

Gualeguaychú (Entre Ríos), 2 Nov. 10 (AICA)

Mons. Jorge Lozano, obispo de Gualeguaychú
“En la villa no hay campos o huertas donde cosechar drogas; las armas tampoco se fabrican allí: todo eso viene de afuera. Los narcotraficantes no son contratados por los vecinos como guardias de seguridad privada. Si ellos se instalan es porque la autoridad del Estado de Derecho claudica ante su poder económico o de fuego (léase corrupción o cobardía)”. Así lo expresa monseñor Jorge Lozano, obispo de Gualeguaychú, en una columna de opinión publicada hoy en el diario Clarín titulada “Ningún pibe nace chorro”.

Tras afirmar que “en todo el país se repiten historias semejantes. Niños que son mal nutridos, tratados como esclavitos o dedicados a los prostíbulos. Son excluidos”, considera que “ante esta miseria es una bofetada que haya despilfarro y lujos obscenos. Funcionarios que estén sospechados de enriquecimiento ilícito. Es inmoral, inhumano, inmerecido, indigno, inicuo”. Y subraya: “Si queremos más seguridad busquemos más familia, más comunidad, más escuela, más trabajo. Comprometámonos para erradicar de verdad el tráfico de drogas y de armas, la corrupción que lo favorece, el abuso infantil, la violencia doméstica”.

Texto completo del artículo:

Ningún pibe nace chorro
Cuando Ariel nació era una noche fría. Su mamá era pobre y no se había alimentado bien durante el embarazo. Fue el tercer parto “normal” para Daniela, que por ese entonces tenía 20 años.

Muy pronto a Ariel le pusieron por apodo “el Rulo” y sólo en la escuela (las maestras) sabían su nombre completo.

El papá de Rulo abandonó el hogar cuando él tenía apenas 6 meses. Daniela vivía en una casilla muy pobre. Pronto se vino con ella su hermana mayor con el novio y 4 hijos.

Los chicos más grandes acompañaban a cartonear para parar la olla. El hacinamiento generaba promiscuidad.

Varias veces el Rulo fue abusado sexualmente por el primo más grande. Cuando le contó a la mamá no le quiso creer. En realidad, ella sabía de varios casos de ésos en su familia, y a ella misma un tío la abusaba de chiquita. Pero no sabía de dónde sacar fuerzas para enfrentar esa situación.

Mezcla de impotencia, bronca y pánico.

El Rulo estaba cada vez más en la calle que en casa. No soportaba que el tío -o algo así- cada vez que se emborrachaba les pegara a los chicos, a su mamá, a su tía; o que las besara a las dos delante de todos.

A los doce años estaba en 4° grado por haber repetido varias veces. Y ya no quiso seguir más. Estaba cansado de las cargadas. En casa le gritaban “inútil”, y varias veces la mamá le reprochaba “¡para qué te habré parido!”.

Cuando le hablaban de “aspiraciones” en la vida él pensaba en la bolsita de pegamento.

Algo que deseaba mucho era tener un par de zapatillas nuevas, estrenadas por él. Una vez alguien donó 200 pares a la Capilla del barrio y allí pudo lograr su sueño. Estaba recontento con esas zapatillas. Le duraron menos de un mes. Una noche su hermanastro se las llevó mientras dormía y las cambió por algunas dosis de paco. Al Rulo le dio mucha bronca. Y el Rulo dijo ¡basta! Se juntó con los flacos de la placita. Varias veces le habían tirado onda para repartir algunos encargos especiales.

“Todo bien, todo legal”, le decían. A los pocos días se compró un par de zapatillas nuevas, pero esta vez no lo iban a apurar.

Un guardia de seguridad le consiguió una 38 por poca plata. Ahora sí había quedado “bien calzado” en los pies y en la cintura. Un abuelo vecino le decía: “Rulo, cuidate, tenés que amar la vida”. El Rulo le escupió algo que había escuchado: “yo no me enamoro de la vida porque estoy casado con la muerte”.

¿Qué es para Rulo amar la vida? ¿Cómo es respetar la vida? En la villa no hay campos o huertas donde cosechar drogas; las armas tampoco se fabrican allí: todo eso viene de afuera. Los narcotraficantes no son contratados por los vecinos como guardias de seguridad privada. Si ellos se instalan es porque la autoridad del Estado de Derecho claudica ante su poder económico o de fuego (léase corrupción o cobardía).

¿Qué significa niñez en riesgo, familia en riesgo, adolescentes en riesgo? ¿En riesgo de qué? De no ser. En riesgo -”al borde”- de no ser niño, de no ser familia. A él muchos ya le bajaron la edad de imputabilidad y lo declararon culpable de todo lo que le pasó. A los 15 años se le trata como culpable del “delito” de haber nacido en este lugar, de haber elegido alimentarse mal, ser abusado y todo lo que ya sabemos.

El Estado brilla por su ausencia. Si fuera un alumno diríamos “se quedó libre”.

En todo el país se repiten historias semejantes. Niños que son mal nutridos, tratados como esclavitos o dedicados a los prostíbulos. Son excluidos. ¿De qué? De la vida digna, de los derechos. Del trabajo, de la mesa, del aula, del consultorio, del baño, de la canilla, del pelotero, de la canchita, del descanso, del amor.

Nadie puso el grito en el cielo cuando esta violencia le pegó duro. Ante esta miseria es una bofetada que haya despilfarro y lujos obscenos. Funcionarios que estén sospechados de enriquecimiento ilícito. Es inmoral, inhumano, inmerecido, indigno, inicuo.

Si queremos más seguridad busquemos más familia, más comunidad, más escuela, más trabajo. Comprometámonos para erradicar de verdad el tráfico de drogas y de armas, la corrupción que lo favorece, el abuso infantil, la violencia doméstica.

Hace un tiempo leí una frase en una remera, una verdad: “ningún pibe nace chorro”. La historia de Ariel pudo ser otra.+


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