Por Marcos Larre
Encuentro, unión; traducido al lenguaje de quechua y
ataque físico, en la lengua de los aymara, son dos de los significados
que resumen la palabra Tinku y las costumbres que se predican en el
evento.
El festival, llevado a cabo anualmente (primeras semanas
del mes de mayo) en la localidad de Mancha, departamento de Potosí
(Bolivia), es una convergencia entre las diversas comunidades
bolivianas, entre “los de arriba” y “los de abajo”, como ellos se
clasifican según su ubicación geográfica.
Las danzas, la música y la procesión hacia el encuentro
marcan el comienzo de la jornada. La vestimenta clásica manifiesta el
colorido y las raíces fuertemente arraigadas en cada una de estas
poblaciones.
Los hombres utilizan pantalones y chaquetas de bayeta de
la tierra, una camisa de tocuyo, una faja de aguayo (donde se encuentra
amarrada la chuspa de coca), un lluchu sobre la cabeza en la que se
colocan una montera hecha de cuero -similar a la utilizada por los
conquistadores españoles- y manoplas mientras que las mujeres exhiben un
hajsu -vestido hecho en bayeta de la tierra-, una faja, y se envuelven
la cabeza en un rebozo de tela. Además, llevan un sombrero de cuero de
oveja adornado con plumas y cintas de colores.
A medida que la fiesta transcurre y la chicha, bebida alcohólica surgida de la ferm entación
destilada del maíz y otros cereales originarios de América, invade a
los concurrentes, el clima empieza a tensarse y los conflictos no tardan
en sucederse.
La sangre comienza a teñir las tierras mientras que el
sonido de los gritos de guerra en aymara y quechua penetran las
festividades. Todos los presentes no son partícipes de las riñas ya que
la mayoría de los peleadores son hombres de tamaños similares aunque, en
los últimos años, las mujeres también buscaron imponer su destreza y
resistencia en las luchas.
En la actualidad, los enfrentamientos que, con
frecuencia, son entre miembros de comunidades diferentes, pueden ser una
forma de confirmar o defender la propiedad de la tierra o traer buena
suerte a la cosecha. También es una oportunidad para muchos jóvenes de
seducir a las mujeres que se encuentran en la festividad (es común
encontrar matrimonios en donde la personas se conocieron durante el
evento).
En cuánto a los orígenes de la tradición, trasmitida de
generación en generación, no se puede determinar una fecha concreta pero
cabe la posibilidad de que sus comienzos se remonten al año 1100.
También, los historiadores vaticinan dos razones principales que han
dado origen al festival: como ritual a la Pachamama y la defensa de la
tierra propia por parte de los pueblos. En la primera hipótesis, el
peleador vencido deberá derramar su sangre como ofrenda a la Madre
Tierra para una cosecha más fértil y generosa durante el año. En la
historia de la cultura indígena, la danza del Tinku representa un ritual
en donde el campesino pretende motivar al suelo a producir sus
alimentos. Esta antigua costumbre conforma un encuentro entre dos ayllus
o colectividades, cuyos representantes son elegidos por sus condiciones
y se enfrentan sin armas para que la sangre derramada en combate (y si
es posible la misma muerte) presagie un buen año agrícola y la
fecundidad del suelo. Así, la comunidad perdedora era considerada la
“hembra” y debería recobrar su dignidad en el próximo desafío mientras
que los ganadores son los denominados “machos”.
La otra posibilidad que se sostiene es la defensa de la tierra propia. Allí, las peleas
se hacían de igual manera que en el festival: hombre contra hombre,
puño contra puño en pos de la protección del patrimonio.
En la actualidad, la mayoría de los enfrentamientos se
producen entre dos personas aunque, en algunas oportunidades, varios
representantes de diversas comunidades combaten entre sí en medio de una
lluvia de piedras que caen desde el cielo sin destino fijo. Este tipo
de peleas son las más sangrientas y crueles.
A pesar de la violencia y la intención de las autoridades
de reglamentar las contiendas, regidas solo por el valor, la
resistencia y los límites impuestos por algunos espectadores cuando la
disputa se torna muy despareja, el festival se mantiene vigente con los
mismos preceptos que en sus orígenes.
Si bien los métodos de combate, correspondientes a una
riña callejera, son considerado como medios de liberación de la
frustración y el enojo de las comunidades, Tinku no es solamente
violencia. La tradición de la vestimenta y la característica danza
también forman parte del contexto.
El baile es un muy sencillo en su estructura. No tiene
una coreografía definida y no requiere preparación previa ya que tanto
hombres como mujeres se desplazan al compás de los tambores y los
instrumentos originarios. Los participantes se agachan, se levantan,
ponen sus brazos en alto y realizan ademanes de lucha para, luego,
comenzar con su descarga y con los enfrentamientos.
La muerte no es ajena a esta festividad. En una gran
cantidad de ocasiones, participantes han perdido la vida durante el
evento. Además, han ocurrido actos de canibalismo ya que los
concurrentes piensan que el ritual esta legitimado por la eucaristía
Católica, la cual les permite creer que comen carne de un humano divino.
Cabe aclarar que, más allá de lo meramente cultural y de
las creencias religiosas que se sostienen en torno a la jornada, muchos
concurrentes se hacen presentes por la diversión, la adrenalina, el
alcohol y el espectáculo en sí.
Los turistas, que deben tener cuidado ya que una mirada,
un gesto o la más mínima mueca puede derivar en un enfrentamiento contra
ellos; observan con asombro el fenómeno y no comprenden el trasfondo
social que presenta el evento. Así, el alcohol bebido, la danza y los
enfrentamientos conforman el ritual que bendice la cosecha e invita a la
prosperidad. Nadie sabe si esto realmente sucede o si, simplemente,
corresponde a una creencia popular pero las comunidades bolivianas
mantienen su tradición y, cada año, derraman su sangre tiñendo la tierra
que aman para ofrendarle a la Pachamama un tributo que, muchas veces,
es pagado hasta con la propia vida.
Fuente: todoparaviajar.com
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