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martes, 2 de noviembre de 2010

Eros y tánatos

El protagonista estaba pero no estaba. A diferencia de Juan Domingo Perón, que cristal de por medio, la gente podía verlo o apoyar su mano, a Néstor Kirchner más simbólico que nunca, sólo se permitía suponerlo.

Las causas pueden ser varias o ninguna. La más ajustada a la realidad tal vez sea la imposibilidad de haber contado con tiempo y personal especializado para la preservación del cadáver. Pero sea como fuere, se impidió ver el cuerpo yaciente del guerrero. Comprobar que ya no era de éste mundo.


Lo cierto es que la organización decidió que la protagonista fuera ella. Que las miradas se posaran sobre la que quedaba viva. El vínculo quedó limitado a las caricias de la presidente al féretro y no al muerto. Eros y tánatos en una tensión inevitable mediatizada por la cálida madera barnizada, realzando aun más la mano que conduce a los que quedamos de éste lado.

La fuerza natural de atracción vital en lucha contra el reino de las sombras se conjugaba y se entrelazaban, pero como en la teoría del instinto en Freud y la del arquetipo en Jung los funerales constituyen un símbolo del fracaso amoroso mientras que el principio de muerte resulta siempre triunfante.

Las imágenes más impactantes que nos presentó la transmisión oficial se vieron opacadas por el reforzamiento dramático con personajes que fueron presentados como espontáneos pero que luego, como todo, se supo que fueron plantados, precisamente para cumplir la función comunicacional del reforzamiento. El supuesto productor rural que gritó que no había habido remates de hectáreas, era ni más ni menos que un socio de Guillermo Moreno en un feedlot de 20 mil cabezas de ganado en Morteros. O el barítono que cantó el Ave María, hermano de Tristán Bauer y funcionario nacional. Pero no se suponga esto como crítica. Es lo que había que hacer.

Aquí, la secundarización de la figura principal del difunto fue aún mayor. Como gritando al mundo de los muertos que no había triunfado. Al correr de las horas, el catafalco se fue cubriendo de banderas, pañuelos de Madres de Plaza de Mayo, artesanías aborígenes y otros objetos que hundían más en la sombra el protagonismo del protagonista. Recordar por ejemplo que el féretro de Perón sólo fue cubierto por la bandera argentina y su sable de General de la República. El de Ricardo Alfonsín por las banderas del país y de la Unión Cívica Radical y un ramo de rosas rojas al final.


Los gritos de los pasantes, desgarradores al principio, como cualquier grito de dolor e impotencia, por repetitivos, terminaron sonando contraproducentes, porque, recordar aquí, que la ceremonia se armó para los que lo seguimos por televisión y si bien las audiencias se renuevan según la franja horaria, sonó abusivo. Porque a nadie le gusta que le griten a dos metros y medio de distancia o a la que se encuentre nuestro televisor. Los gritos, además estaban más dirigidos a la presidente que al ex.

El dolor, cuando no puede ser procesado como dolor termina envenenando al portador. Muy humano y comprensible. Pero la imposibilidad de entender racionalmente lo que pasó, despierta emociones primitivas e irrefrenables, como el odio, el ánimo y juramento de venganza, la búsqueda de culpables sobre un hecho de la naturaleza, la biología y las pulsiones de muerte del protagonista.

El discurso imperante de los deudos parecía hacer creer que el ex presidente había muerto en un atentado artero y cobarde y no por causas que ya se conocían de antemano y de las cuales era él mismo y su entorno, los absolutos responsables.

El reclamo de respeto a quienes no acompañaron su dolor se confundía con los pedidos de que se muriera Cobos, Duhalde y Magnetto, entre otros enemigos declarados. La exigencia de ése respeto y acompañamiento en el dolor, en algunos casos extremistas hizo recordar uno de los más impresionantes e imperdonables errores políticos e históricos del peronismo (y del que 60 años después nos siguen asignando responsabilidad): La imposición del luto por la muerte de Eva Duarte.

Ecléctico por dónde se lo mire. La estética del funeral de Lady Di y de Michael Jackson, estrenada en los 80 por la de John Lennon estuvo en la Plaza de Mayo con las velas que doloridos militantes prendieron en la Pirámide de Mayo la noche del deceso en la espera de la llegada de su conductor. Un collage de cartas, dibujos que cuidaba y alimentaba un centro simbólico del dolor comunicado y corporizado en esos papeles, en las banderas y los cánticos.

Las denuncias contra el odio expresado por parte de la sociedad, incluso en programas de la TV oficial, eran simplemente proyección psicológica de lo que sentían ellos. El odio que nos tienen. Porque sino se debería suponer que estamos frente a personas tan ingenuas que creyeron que su muerte podría convertirnos mágicamente a todos en kirchneristas. Como intentan hacérnoslo creer con estudios de opinión propios de un almacenero antes que de profesionales.

Vivimos influenciados por el impulso inconsciente de morir o las pulsiones de muerte que devienen de no aceptar muy a nuestro pesar, que vamos a hacerlo algún día. A su vez, esa inaceptable situación encierra la imposibilidad lógica de reconocerla. Puesto que el miedo no es sino una forma leve de dolor. Pero existe un temor último y más terrorífico aun: que el dolor no desaparezca nunca y allí nace la impotencia y el odio irracional.

Ya en el cortejo que lo trasladó a hacia el aeroparque, lo central de la imagen oficial fue el coche de Cristina y no el que llevaba a Kirchner. Desdeñada la cureña que arrastró a la casi totalidad de los presidente argentinos desde 1902, se utilizó una camioneta cubierta que escondía aun más al líder rumbo a su destino final.

Se sabe que el planteamiento escenográfico estuvo a cargo de Fuerza Bruta, la empresa que organizara los festejos del Bicentenario. También se conoce ahora que la dirección de cámaras de la transmisión oficial fue manejada por Sebastián Ortega. Allí se juntaron la estética arquitectónica del escenario con la profesionalización de la dramatización en la reproducción de la realidad (que siempre es elegida).

Estuvieron también los que en otros espacios, como el canciller Timermann en la CNN anunciaba sonriente que la viuda partida por el dolor iría por su reelección o los representantes de la CGT y la UIA acordando las bases de un nuevo pacto social, lo que Lacan en la declinación de la imago paterna sentencia como “otros se preparan para tomar tu lugar”.

La exacerbación del juego del Edipo a esta particular relación entre políticos y ciudadanos y entre los hombres y mujeres del círculo. Es que sin la figura paterna que “rompa” la relación entre la madre proveedora y el niño, que fije límites y establezca la Ley, no queda otra que el desconcertado se refugie en un sistema donde la provisión y satisfacción de sus necesidades proviene de quién nunca le dirá que no.

El funeral no fue concebido ni organizado para las masas que se acercaron a despedirlo sino para los cientos de miles que lo siguieron por televisión. Recién en el momento del cierre, en el epílogo de carrera del Néstor Kirchner que conocimos; los que quedaron vivos se rindieron al imperio de la imagen transmitida. Les llevó muchos años admitir y sucumbir a la consigna que reza que no estamos viviendo una democracia de movilización sino de opinión mediatizada. Aunque semanas atrás quedaran maravillados de los cien mil que llevara Hugo Moyano a la cancha de River.

Rating de la tarde

Según cifras oficiales de la propia Casa Rosada, tres mil personas por hora recorrieron el hemicírculo para despedirlo. 90 mil en las 30 horas que reposó en Balcarce 50. No cabe duda que podían haber llevado un millón de personas si se lo hubieran propuesto, pero el acto no se organizó con ése sentido, sino aspirando a entrar en los comedores, cocinas, habitaciones de millones de argentinos.

Quedará para el análisis si hubo saturación informativa. Aquel punto en que las audiencias dejan de prestar atención y convierten adhesión por rechazo. Lo cierto es que al momento del traslado la sumatoria de Rating entre TV Cable y TV abierta alcanzó los 35.5 puntos. Muchos menos de los que ya lo están extrañando y aun lo lloran.


Y la muerte no tendrá dominio.
Los hombres que decidan morirse serán uno sólo
con el hombre en el viento y la luna en el poniente;
cuando sus huesos queden limpios y se dispersen,
ellos tendrán estrellas en el codo y en el pie;
aunque enloquezcan permanecerán cuerdos,
aunque se hundan en el mar volverán a levantarse,
aunque los amantes se pierdan, el amor no desaparecerá;
y la muerte no tendrá dominio.

Dylan Thomas
And the death shall have dominion

Ahora viene la etapa en la construcción del mito, que dé sentido y organicidad a la proyección política del legado de Néstor Kirchner.

Veremos dijo el ciego.

Fuente: http://todosgronchos.blogspot.com

Si queremos más seguridad busquemos más familia

Gualeguaychú (Entre Ríos), 2 Nov. 10 (AICA)

Mons. Jorge Lozano, obispo de Gualeguaychú
“En la villa no hay campos o huertas donde cosechar drogas; las armas tampoco se fabrican allí: todo eso viene de afuera. Los narcotraficantes no son contratados por los vecinos como guardias de seguridad privada. Si ellos se instalan es porque la autoridad del Estado de Derecho claudica ante su poder económico o de fuego (léase corrupción o cobardía)”. Así lo expresa monseñor Jorge Lozano, obispo de Gualeguaychú, en una columna de opinión publicada hoy en el diario Clarín titulada “Ningún pibe nace chorro”.

Tras afirmar que “en todo el país se repiten historias semejantes. Niños que son mal nutridos, tratados como esclavitos o dedicados a los prostíbulos. Son excluidos”, considera que “ante esta miseria es una bofetada que haya despilfarro y lujos obscenos. Funcionarios que estén sospechados de enriquecimiento ilícito. Es inmoral, inhumano, inmerecido, indigno, inicuo”. Y subraya: “Si queremos más seguridad busquemos más familia, más comunidad, más escuela, más trabajo. Comprometámonos para erradicar de verdad el tráfico de drogas y de armas, la corrupción que lo favorece, el abuso infantil, la violencia doméstica”.

Texto completo del artículo:

Ningún pibe nace chorro
Cuando Ariel nació era una noche fría. Su mamá era pobre y no se había alimentado bien durante el embarazo. Fue el tercer parto “normal” para Daniela, que por ese entonces tenía 20 años.

Muy pronto a Ariel le pusieron por apodo “el Rulo” y sólo en la escuela (las maestras) sabían su nombre completo.

El papá de Rulo abandonó el hogar cuando él tenía apenas 6 meses. Daniela vivía en una casilla muy pobre. Pronto se vino con ella su hermana mayor con el novio y 4 hijos.

Los chicos más grandes acompañaban a cartonear para parar la olla. El hacinamiento generaba promiscuidad.

Varias veces el Rulo fue abusado sexualmente por el primo más grande. Cuando le contó a la mamá no le quiso creer. En realidad, ella sabía de varios casos de ésos en su familia, y a ella misma un tío la abusaba de chiquita. Pero no sabía de dónde sacar fuerzas para enfrentar esa situación.

Mezcla de impotencia, bronca y pánico.

El Rulo estaba cada vez más en la calle que en casa. No soportaba que el tío -o algo así- cada vez que se emborrachaba les pegara a los chicos, a su mamá, a su tía; o que las besara a las dos delante de todos.

A los doce años estaba en 4° grado por haber repetido varias veces. Y ya no quiso seguir más. Estaba cansado de las cargadas. En casa le gritaban “inútil”, y varias veces la mamá le reprochaba “¡para qué te habré parido!”.

Cuando le hablaban de “aspiraciones” en la vida él pensaba en la bolsita de pegamento.

Algo que deseaba mucho era tener un par de zapatillas nuevas, estrenadas por él. Una vez alguien donó 200 pares a la Capilla del barrio y allí pudo lograr su sueño. Estaba recontento con esas zapatillas. Le duraron menos de un mes. Una noche su hermanastro se las llevó mientras dormía y las cambió por algunas dosis de paco. Al Rulo le dio mucha bronca. Y el Rulo dijo ¡basta! Se juntó con los flacos de la placita. Varias veces le habían tirado onda para repartir algunos encargos especiales.

“Todo bien, todo legal”, le decían. A los pocos días se compró un par de zapatillas nuevas, pero esta vez no lo iban a apurar.

Un guardia de seguridad le consiguió una 38 por poca plata. Ahora sí había quedado “bien calzado” en los pies y en la cintura. Un abuelo vecino le decía: “Rulo, cuidate, tenés que amar la vida”. El Rulo le escupió algo que había escuchado: “yo no me enamoro de la vida porque estoy casado con la muerte”.

¿Qué es para Rulo amar la vida? ¿Cómo es respetar la vida? En la villa no hay campos o huertas donde cosechar drogas; las armas tampoco se fabrican allí: todo eso viene de afuera. Los narcotraficantes no son contratados por los vecinos como guardias de seguridad privada. Si ellos se instalan es porque la autoridad del Estado de Derecho claudica ante su poder económico o de fuego (léase corrupción o cobardía).

¿Qué significa niñez en riesgo, familia en riesgo, adolescentes en riesgo? ¿En riesgo de qué? De no ser. En riesgo -”al borde”- de no ser niño, de no ser familia. A él muchos ya le bajaron la edad de imputabilidad y lo declararon culpable de todo lo que le pasó. A los 15 años se le trata como culpable del “delito” de haber nacido en este lugar, de haber elegido alimentarse mal, ser abusado y todo lo que ya sabemos.

El Estado brilla por su ausencia. Si fuera un alumno diríamos “se quedó libre”.

En todo el país se repiten historias semejantes. Niños que son mal nutridos, tratados como esclavitos o dedicados a los prostíbulos. Son excluidos. ¿De qué? De la vida digna, de los derechos. Del trabajo, de la mesa, del aula, del consultorio, del baño, de la canilla, del pelotero, de la canchita, del descanso, del amor.

Nadie puso el grito en el cielo cuando esta violencia le pegó duro. Ante esta miseria es una bofetada que haya despilfarro y lujos obscenos. Funcionarios que estén sospechados de enriquecimiento ilícito. Es inmoral, inhumano, inmerecido, indigno, inicuo.

Si queremos más seguridad busquemos más familia, más comunidad, más escuela, más trabajo. Comprometámonos para erradicar de verdad el tráfico de drogas y de armas, la corrupción que lo favorece, el abuso infantil, la violencia doméstica.

Hace un tiempo leí una frase en una remera, una verdad: “ningún pibe nace chorro”. La historia de Ariel pudo ser otra.+


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